EL ALTRUISMO Y LOS GENES EGOÍSTAS


 William Hamilton, biólogo evolutivo británico, publica en 1964 un artículo pionero en el que describe lo que, hasta ese momento, constituía un rompedero de cabezas para todos los teóricos de la evolución, desde el mismo Darwin: el “comportamiento altruista” observado en algunas especies, en particular en mamíferos e insectos sociales. Hamilton demostró, tanto matemáticamente como en el campo, que en esos casos singulares la selección natural no actúa a nivel individual, sino familiar, y utiliza el concepto de “selección de parentesco” (acuñado por el biólogo contemporáneo John Maynard Smith) para expresarlo. Cuando en una especie ciertos comportamientos ponen en riesgo a algunos individuos en beneficio de otros se habla de altruismo. Supongamos una especie de ave en la que los chillidos de una de ellas alerta al resto de la población de la presencia de un depredador, pero a la vez orienta a dicho depredador acerca de su localización. Aparentemente, los genes que inducen ese comportamiento favorecerían su rápida eliminación, con lo que tal conducta debería desaparecer. Pero no será así cuando los beneficiarios de este comportamiento son integrantes de la familia del ave “altruista”, con la que comparten muchos genes. De este modo, con los sobrevivientes lograrán entonces que la frecuencia de esos genes aumente en la población
Mediante el uso de modelos matemáticos, Hamilton demuestra que se comparten más genes altruistas cuanto mayor es la proximidad de parentesco entre el individuo que se “sacrifica” y el que se “salva”. Es bastante difundida en los textos de biología que tratan el tema su frase: “nadie está preparado para sacrificar su vida por salvar una sola persona, pero cualquiera la sacrificaría si con ello puede salvar a más de dos hermanos, o cuatro medio hermanos, u ocho primos hermanos.
El comportamiento altruista parece llevado al extremo en los insectos sociales, en los que los individuos son prácticamente descartables si ello fuera necesario para salvar a la reina y de alguna manera puede leerse como una tiranía de los genes, que manipulan al organismo que los porta para reproducirse infinitamente como máquinas replicadoras. La frase “el huevo utiliza a la gallina como una máquina autómata, para producir otro huevo”, representa de algún modo la visión mecanicista (y fuertemente reduccionista) que está detrás de esta idea, y se evidencia con solo reemplazar huevo por gen.
Más adelante (1976) Dawkins, dotado de una prosa maravillosamente persuasiva, desarrolla la idea, considerando a todos los seres vivientes como meras máquinas de supervivencia a merced de los replicadores inmortales, los genes, que serán los únicos que se perpetuarán en el correr de las generaciones. Dawkins aprovecha una época en la que la ciencia y la opinión pública eran más proclives a creer que todos los fenómenos biológicos podrían tener una explicación genética (determinismo genético). Otro científico notable, Stephen Jay Gould, se enfrentó a esta idea, defendiendo la concepción germinal (darwiniana) de selección a nivel del individuo, o incluso de grupo en algunos casos (defendidos por la sociobiología, como los de las conductas altruistas ya mencionadas), pero argumentando que la selección no puede “ver” los genes, solo sus efectos.


Bibliografía


Marchisio, Abel Oscar (2012) La evolución, biológica, actualidad y debates. Buenos Aires, Ministerio de educación dela nación. 



 CLICK AQUÍ