El amor es una droga dura


El amor es una droga dura… o una enfermedad incurable. Es cierto: algunos de los “síntomas” del amor se parecen sospechosamente a trastornos obsesivos (me llamará, no me llamará, me quedo en casa, dónde estará, qué le regalo, me quiere mucho, poquito, nada…). Claro que es muchísimo más saludable estar enamorado, amigos, que sufrir cualquier atisbo de enfermedad, aunque convengamos en que uno hace unas cuantas cosas absurdas cuando está en ese estado de gracia (o de desgracia); podemos darnos cuenta de nuestras ideas fijas, pero aun así es imposible sacárnoslas de la cabeza. Hace unos años un grupo de investigadores de la Universidad de Pisa colocó avisos buscando estudiantes que se hubieran enamorado hacía menos de 6 meses y que estuvieran obsesionados con el objeto (o, más bien, sujeto) de sus pensamientos. Lo interesante es que los voluntarios que aparecieron tenían niveles muy bajos de serotonina –lo mismo que ocurre en los trastornos obsesivo-compulsivos-. Claro que esto ocurre sólo en las etapas iniciales del amor: con el tiempo (y con el sexo), los niveles de serotonina vuelven a valores normales. (El alcohol, de paso, hace disminuir los niveles cerebrales de serotonina, por lo que hay que tener cuidado de nuestro comportamiento frente a quien está en la otra punta de la barra… podemos arrepentirnos más adelante).


Por otro lado, el deseo relacionado con el amor o el sexo parece tener mucho que ver con otros deseos –incluyendo los vinculados a las drogas_. Todo deseo enciende en el cerebro caminos de recompensa, relacionados con el neurotransmisor dopamina. Así, el amor y la lujuria podrían ser considerados adicciones, evidencias de un sistema que evolucionó para ayudarnos a buscar situaciones placenteras. En definitiva, algo parecido a lo que impide que los adictos dejen las drogas fácilmente. Pero el amor es más fuerte. 

Bibliografía

Golombek, D.A. Sexo, drogas y biología (y un poco de rock and roll). Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2007



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