Nuestros orígenes


Durante más de dos años he vivido con la constante sensación de peligro: soldados armados vigilaban mi casa, y unos guardaespaldas me acompañaban a todas partes en mi Land Cruiser, y otro coche detrás, siguiéndonos. Me sorprende cuan rápidamente me he acostumbrado a su presencia, como algo cotidiano. Pero nunca olvido que se trata de personas que antes querrían verme muerto que vivo.
En abril de 1989 el presidente Daniel Arap Moi, jefe de Estado de Kenia, nos sorprendió, a mí y a muchos otros, al nombrarme director del Kenya Wildlife Service. Mi tarea consistía en evitar la creciente caza furtiva de elefantes y rinocerontes y establecer una estructura administrativa de control de los animales salvajes, base de nuestra industria turística. Esta industria es de vital importancia para Kenia porque atrae divisas. Pero la lucha contra la caza furtiva del marfil implica enfrentarse a gente muy poderosa que se ha enriquecido a manos llenas con la masacre de animales salvajes. De ahí que quisieran librarse de mí.
Ahora estoy inmerso de lleno en un ambicioso programa cuyo objetivo es la coexistencia entre los animales salvajes y las poblaciones humanas. El equilibrio será difícil, dada la presión demográfica existente y la fragilidad de las mermadas comunidades de la fauna salvaje. En muchos aspectos representa un microcosmos de la difícil situación por la que atraviesa todo el planeta. Cuando el presidente Moi me pidió que aceptara el trabajo, lo consideré un honor.
Era conciente de dónde me metía y de lo que dejaba. Durante veinte años había sido director del Museo Nacional de Kenia y había pasado la mayor parte del tiempo visitando el lago Turkana, al norte del país, en busca de fósiles de los primeros humanos. La búsqueda de fósiles ha sido, y sigue siendo, mi primer amor.
Tengo la suerte de vivir y trabajar en el continente que Charles Darwin llamó «la cuna de la humanidad». Y tengo la suerte, asimismo, de haberme criado en una tradición familiar de independencia, de determinación, y de convicción de que ni aun el medio más hostil tiene por qué ser necesariamente peligroso. La naturaleza salvaje me ha sido tan familiar como el parvulario y la escuela lo son para tantos adolescentes. Puedo sobrevivir allí donde muchos occidentales sucumbirían a la sed, al hambre o a los depredadores. Lo aprendí de niño.
No hace falta ser un aventurero para buscar en zonas recónditas de la sabana restos fósiles de nuestros antepasados. Pero saber cómo encontrar alimento, dónde dar con agua, y cómo evitar el peligro en un paisaje árido y desnudo, me ha dado una sensación de paz, de «comunión». Me siento unido a nuestros antepasados, percibo intimidad con esa tierra que fue la suya. Y, evidentemente, está también la tradición Leakey. Mis padres, Louis y Mary, revolucionaron la investigación sobre los orígenes humanos con sus famosos descubrimientos.


 Nuestros orígenes