Alpha Centauri, la estrella mas próxima - Isaac Asimov

El movimiento de la luna

 Imaginaos una noche oscura y sin nubes en alguna zona rural en la que no haya alumbrado urbano ni luces de autopistas. En una noche así, veríamos lucir las estrellas con más brillo y en mayor número de lo que es posible actualmente en muchos lugares en condiciones ordinarias.
Veríamos cientos y cientos de ellas, algunas brillantes y otras débiles, formando diversas agrupaciones o figuras. Si las observásemos todas las noches, podríamos empezar a reconocer algunas de esas configuraciones: aquí dos estrellas brillantes próximas entre sí, allá un grupo de siete estrellas que recuerda la forma de un cucharón, en otro lugar tres estrellas de brillo medio dispuestas en línea, con dos más brillantes por encima y otras dos por debajo.
Podríamos notar que tales figuras permanecen siempre iguales, noche tras noche, año tras año. Quizá observaríamos también que estas configuraciones van cambiando de posición cada noche. Un determinado grupo de estrellas puede que se hallara cierto día cerca del horizonte oriental al caer la noche; cada noche, a la misma hora, ese grupo estaría cada vez más alto en el firmamento, hasta a llegar a la máxima altura que le es dado alcanzar y luego ir descendiendo hasta el horizonte occidental.
Llegaría un momento en que ya no sería posible verlo al anochecer, porque se hallaría por debajo del horizonte en el oeste. Pero entonces, si esperáramos el tiempo suficiente, aparecería de nuevo en el horizonte oriental a la hora del crepúsculo vespertino. El tiempo que cualquier grupo de estrellas necesita para su movimiento completo alrededor del firmamento es de 365 días.
Ahora bien, ¿nos molestaríamos en observar las estrellas noche tras noche, hasta que empezásemos a reconocer sus agrupaciones y ver la forma en que se mueven? Es evidente que miraríamos al cielo con gran atención si nos reportara alguna utilidad. Hace muchos años, antes de que existiesen los relojes, los hombres solían estudiar el movimiento de las estrellas mientras éstas desfilaban a través del cielo, para hacerse una idea de si era antes o después de media noche y de cuánto tiempo podía faltar hasta el amanecer.
En el firmamento había otro objeto que, para la gente de la antigüedad, tenía mucha más importancia que las simples estrellas y que, por otro lado, era mucho más fácil de observar: la Luna. Las estrellas son meros puntos luminosos, mientras que la Luna es una superficie iluminada bastante grande. Las estrellas presentan el mismo aspecto noche tras noche: la Luna cambia de forma. Unas veces es un círculo luminoso completo, otras es sólo un semicírculo o una delgada raja de luz.
Luna sólo hay una, de manera que es mucho más fácil mirarla y estudiarla que tratar de observar cientos y cientos de estrellas. Es mucho más grande y más brillante que cualquier estrella, y sus cambios de forma resultan fascinantes. Cabría asegurar que los hombres ya observaban la Luna nocturna antes de prestar una atención muy detenida a las estrellas.
No hace falta observar la Luna durante mucho tiempo para ver que cambia de forma de un modo regular. Podemos verla muy baja en la parte occidental del firmamento cualquier noche inmediatamente antes de la puesta del sol; es un fino creciente, apenas perceptible Es más, se está poniendo y desaparece tras el horizonte occidental poco después que el Sol.

La noche siguiente… 




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