Historias de la ciencia y del olvido


Una noche, después de cenar en un restaurante de Nueva York, Oliver Sacks me contó que había leído con enorme interés una nueva biografía sobre Humphry Davy, el gran químico inglés que, a principios del siglo XIX, aisló por primera vez elementos como el potasio, el sodio, el calcio y el magnesio, e inventó, entre otras cosas, la lámpara de carburo para los mineros. Davy, me dijo, había sido el héroe de su niñez, y ahora, al leer la nueva biografía escrita por David Knight, Sacks recordó algo que en parte había olvidado: que Davy fue amigo de Wordsworth, Southey y, especialmente, de Coleridge, quien asistía siempre a sus conferencias. El propio Davy escribió algunos poemas y vivió en una época en la que ciencia y poesía se consideraban empresas igualmente creativas, modelos complementarios para la exploración de la naturaleza.

Como cualquier otro editor habría hecho en mi lugar, le pedí a Oliver que escribiese algo sobre Humphry Davy y su nueva biografía, y al cabo de pocas semanas nos envió un magnífico ensayo no sólo sobre Davy, sino también sobre la historia de la ciencia, y sobre cómo ésta puede albergar visiones profundamente sugerentes y a menudo olvidadas acerca del funcionamiento de la naturaleza y de la mente humana.

La ciencia se considera a sí misma en ocasiones como algo impersonal, como «pensamiento puro», independiente de sus orígenes históricos y humanos. A menudo se enseña como si de hecho fuese así. Pero la ciencia es una empresa humana de principio a fin, un proceso de crecimiento orgánico, evolutivo, humano, con hallazgos repentinos y períodos de estancamiento, y también con extrañas desviaciones. Se desarrolla a partir de su pasado, pero nunca lo supera, del mismo modo en que nosotros tampoco superamos nuestra infancia. Seguir leyendo…